Frigorífico
Estoy escribiendo desde el fondo de una caja de cartón. Pensaréis que es exagerado decir "el fondo" para referirme a un lugar dentro de la caja de cartón, pero lo cierto es que este receptáculo es bastante profundo: es una caja de frigorífico. Apenas pude mirar el cartón con que estoy cubierto antes de meterme en él. Tenía tanta prisa que sólo leí de pasada la marca Siemens y por eso sé que estoy en una caja de frigorífico y no en el embalaje de cualquier otro objeto de tamaño y forma similares. Nunca me han gustado los frigoríficos. Me da miedo atravesar el pasillo de noche para ir al baño si de fondo se escucha el zumbido de un frigorífico. Sé que hay algo horrible en el interior de los frigoríficos, y no me refiero al lugar en el que se guarda la comida, sino a las verdaderas entrañas de la máquina. Mi tío era grande y gordo como un oso domesticado y sensible. Cuando abrazaba el frigorífico, sus manos casi se tocaban en la parte de atrás, sobre esa rejilla que sólo servía para vertebrar el polvo de toda la cocina o ser la triste espalda, la sórdida vuelta de un mundo de carnes fluorescentes. Mi tío explicaba, sin que el esfuerzo de estar cargando el frigorífico le modificase apenas el habla, que lo más pesado del aparato era la parte de abajo. Yo ya sabía por qué el pie del frigorífico pesaba tanto, aunque intentaba no pensar en ello y esquivar la pieza que mi tío señalaba con la barbilla. El compresor del frigorífico, esta vez menos secreto que nunca, se burlaba de mí exhibiendo sin pudor sus conductos de asco, su esfericidad de bomba de circo. Yo no quería mirarlo. Aquel depósito de gas siempre me pareció el objeto más pobre de la casa, una bola industrial, abollada y negra, cubierta con escamas de grasa y polvo. Mi tío rascó un poco con la puntera de la bota y asintió, satisfecho no sé de qué. Apenas tardó unos segundos en subir el frigorífico al camión. Mi tío era muy fuerte, ya lo he dicho. Mientras todos en casa lloraban, él trasladaba el frigorífico con serenidad. Yo no hubiese podido hacerlo. Apenas pude tocar el frigorífico aquella noche. Me refiero a la noche de mi cumpleaños. Mi madre nunca compraba coca-cola, pero ese día me compró dos botellas. Me costaba menos beber coca-cola que beber agua, y por eso no tardé demasiado en acabar con las dos botellas: cuatro litros de líquido, menos el vaso que mi madre ofreció al técnico del frigorífico, consumidos en apenas cinco horas. El último vaso me lo bebí justo antes de acostarme. A las tres de la madrugada, las ganas de orinar eran demasiadas como para que me hiciese la ilusión de poder seguir en la cama, caliente y cómodo, hasta la mañana siguiente. No tuve más remedio que ir al baño. Aunque el sueño mermaba mis sentidos, pronto distinguí el ruido del frigorífico en la cocina. Conforme avanzaba por el pasillo, el zumbido era más y más fuerte. No sé si he dicho que el sofá de la sala de estar tiene un brazo suelto, un palo de madera, largo y duro, que se desprende fácilmente. Lo cogí para sentirme más seguro. Si hubiera sido tan fuerte como mi tío, no hubiese cogido el palo; pero yo era sólo un niño. Al llegar a la cocina apreté con tanta fuerza el palo que casi me hago sangre en los dedos. El frigorífico estaba despegado de la pared, porque habían estado reparándolo esa tarde, y mi madre, al ver la suciedad acumulada en su parte trasera, le había dicho al técnico que lo dejase así, descorrido, para limpiarlo a fondo al día siguiente. El técnico era un hombre viejo que hablaba poco y no bebía. Lo sé porque rechazó la cerveza que le ofreció mi madre, aunque se tomó una coca cola y royó con cuidado los siete triángulos de queso que mi madre dispuso. Sé que eran siete porque estuve contándolos mientras duraron en el plato. Luego quedaron sólo siete bordes, y el hombre viejo salió de la cocina en silencio. Dicen que ahora está en el hospital: mi padre fue a buscarlo esta mañana, con un sillín de bicicleta en la mano. Mi padre siempre va en bicicleta al trabajo. Es un hombre limpio, pero suda mucho por las piernas y estropea los sillines, así que cada año compra uno nuevo. Esta mañana ha salido de casa con el último sillín viejo que quitó. Le vi andar hacia el coche con la boca apretada y un brazo venoso y rápido adelantado, violenta proa que usó para apartar de su camino a mis hermanas mayores, que se quedaron en el suelo, abrazadas y llorando. Todos piensan que el técnico arregló mal el frigorífico, pero yo sé que no es cierto. No sé si he dicho que el baño de mi casa está en el patio, y para acceder a él hay que atravesar la cocina. La noche de mi cumpleaños entré en la cocina con un palo en la mano. Las claridades de farola y luna provenientes del patio iluminaban un tanto la cocina y también la parte trasera del frigorífico, que procuré no mirar. El zumbido del comprensor no se callaba. Tampoco dejó de sonar cuando mi madre se electrocutó. El frigorífico siguió funcionando de la misma manera, enfriando igual que siempre, pobremente, como una madrugada del sur que dejase sobre las cosas un frío poco duradero y una condensación de gotas. Lo llaman una derivación a tierra. No me refiero a la forma de enfriar que tiene el frigorífico, sino a la avería que provocó la muerte de mi madre. Todos le echaron la culpa al técnico, pero yo sé que no es cierto. Aquella noche golpeé el frigorífico dos veces, sólo dos veces. Un par de golpes con mi palo de madera en una de sus aristas. Debió soltarse algún cable. Cuando mi madre fue a hacer el desayuno a la mañana siguiente, la descarga eléctrica fue fatal. Mi tío es grande y gordo como un oso y en cuanto llegó a casa mis hermanas le ordenaron que se deshiciera del frigorífico. Hoy han comprado uno nuevo. Apenas hace ruido, y eso me da aún más miedo. He salido corriendo y me he escondido aquí, en una caja de cartón.
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