La madrugada en los dedos

Abandoné la plaza rumbo a la única tienda de calcetines que podía estar abierta a las cuatro de la mañana. El establecimiento no era exactamente una tienda de calcetines, ni una mercería, ni una boutique, sino una tienda de alimentación regentada por chinos en la que también vendían productos de limpieza, juguetes y toda las cosas que pueden fabricarse con plástico, que hoy en día -piensas "hoy en día" y te sientes tan viejo que tienes que dejar de pensar "hoy en día"- son casi todas las cosas que puedan usarse o incluso comerse. Creo que mis calcetines también estaban fabricados con plástico, porque me llenaron el cuerpo de electricidad estática cuando me los quité por primera vez, y al tocar el grifo de una fuente pública sentí una descarga eléctrica que me hizo saltar ridículamente sobre mis pies de nuevo descalzos. Me había quitado los calcetines después de comprarlos, ponérmelos, y andar con ellos siete minutos exactos. Me los había quitado porque el suelo estaba húmedo de madrugada, húmedo de una humedad que desdeñé al principio por parecerme sólo frío, pero que poco a poco fue acumulándose en la tela de plástico de mis calcetines para empapármelos de un agua que parecía el sudor de la calle, un líquido transpirado por las aceras a esa hora en que las aceras huelen a huerto y hacen que te quites los calcetines con tanta energía que al tocar la fuente pública eres atravesado por un rayo de electricidad. Porque estás parado encima de una tapadera de plástico y la energía que había acumulada en tu cuerpo sólo halla salida en aquella mano tuya que presiona el grifo metálico, el grifo estúpido y roto a juzgar por el sonido hueco, de aldaba o de pequeño martillazo, que emite cuando es pulsado por tu dedo pulgar. Te quedas mirando tu dedo, después de que la descarga te obligue a retirarlo, y piensas que si los dedos de tu mano fuesen chicas en una fiesta, elegerías a cualquier otro dedo antes que al dedo pulgar. El dedo corazón sería una de esas chicas demasiado altas, con una altura torpe y falta de curvas, pero con una potencia yegual en su tren inferior que rápidamente traería a tu imaginación escenas que serían más de cuadra que de cama, con muchas piernas y músculos tensos, y sudores pesados y espumosos, y configuraciones arácnidas en las que el torso cedería su protagonismo a las extremidades. Los dedos anulares e índice serían chicas muy bien proporcionadas y cualquiera de las dos te valdría, aunque el dedo índice tendría la inteligencia, o las habilidades, de quien es encargado de pinzar y señalar, mientras que el dedo anular sería una chica imprevisible y poco autónoma, subordinada siempre a los azares de su propia torpeza o a los movimientos de su amiga índice. El dedo meñique sería un cuerpo de niña de trece años desmentido por una cabeza de veinticinco en la que destacarían especialmente unos ojos perspicaces, habituados a pasos cortos, a movimientos nerviosos, a mirar desde un cuerpo de pájaro la enormidad del mundo o la enormidad de tu cabeza, que ya se inclinaría sobre aquellas tetas siempre sugeridas y nunca confirmadas, detenidas, como el culo, en un estadio incipiente, en una redondez incompleta. No sabes si preferirías al dedo índice antes que al dedo anular, o al dedo meñique antes que al dedo corazón, pero sabes que en ningún caso te irías con el dedo pulgar, porque el dedo pulgar sería una chica irremisiblemente baja y gorda, inevitablemente prosaica y fea, y no podrías salvarla -salvarte- de ninguna manera. Sin embargo, cuando te miras el pulgar después de haber tocado el grifo, piensas que aquel dedo es lo que te diferencia de los primates, o del resto de los primates, y lo que hace que puedas masturbarte con sólo dos dedos, o escribir con un lápiz, o enrollar los calcetines tal y como lo has hecho después de habértelos quitado y justo antes de metértelos al bolsillo. Al tocarte el bolsillo traspasas a tu pantalón blanco parte de la sangre que tenías en la mano. Entonces y sólo entonces te das cuenta de que tienes la mano derecha manchada de sangre y te preguntas cómo habrá llegado hasta allí aquel fluido cada vez menos rojo, cada vez más oxidado, y reconstruyes los movimientos de tu mano, los lugares en los que ha estado y los objetos que ha sostenido o tocado y te llevas las manos a la cabeza porque tu reconstrucción mental no te lleva a ningún sitio y, sin embargo, al quitarte las manos de la cabeza ves en tu mano derecha y ahora también en tu mano izquierda sangre reciente y roja como una golosina, y entonces y sólo entonces piensas que la sangre puede venir de tu cabeza y buscas el espejo del coche más cercano. Antes de asomarte al espejo piensas que te puede servir el reflejo de la carrocería, pero la carrocería es demasiado oscura y no podrías distinguir una mancha de sangre de tu propio pelo y además su concavidad te convertiría en un enano, en un dedo pulgar, y es por eso que buscas el espejo retrovisor y te inclinas ante él como si fueses a mirar por un agujero y descubres una mancha de sangre en un lado de la frente. Piensas que en una madrugada como aquélla las cosas sólo pueden suceder de repente. Incluso el sonido de los gatos, cuando aterrizan desde una tapia sobre la tapa de los contenedores te parece algo sorpresivo, algo que hace girar tu cabeza hacia cualquier rincón del que se pueda desgajar un acontecimiento. Sin embargo, lo que esta vez hace que te des la vuelta y te apartes del espejo retrovisor no es el desplome de un gato sino el ruido de unos tacones. Ese sonido te hace pensar en una mujer y también en una aproximación equina, porque los zapatos reverberan tanto en la calle que parecen siete pares de zapatos o dos pares de herraduras y, sin embargo, la silueta que aparece aplastada bajo el derrame de la farola más vencida y roja de la calle pertenece indudablemente a una mujer. Aunque no tardas en reconocerla, no te acuerdas de su nombre y, pensando en sus correctas proporciones, decides llamarla Índice, si bien sólo mentalmente, porque no quieres hacerte notar ni salir de detrás del coche hasta que no esté lo suficientemente cerca como para que puedas ver en su cara el desconcierto que sin duda le dibujará tu aparición. Pero cuando llega a tu altura y le sales al paso, ella no deja que tu presencia le turbe más de cuatro segundos y, al quinto, te saluda con el hola más indiferente que pudiera pronunciarse, y entonces eres tú el desconcertado y, como no podía ser de otro modo, tardas ocho segundos, justo el doble en responder con otro hola. Pero la palabra sale de tus labios con tanta levedad que a ella le parece legítimo interpretarla como un adiós y, por eso, en vez de escuchar lo que tienes que decirle, te sortea sin apenas fijarse en la brecha de tu cabeza ni en tus pies desnudos, y desaparece de tu vista a más velocidad de la tú puedes emplear en comenzar a mover los primeros músculos que habrán de llevarte a cualquier grifo en el que puedas saciar tu sed y limpiarte la sangre de la cabeza -otra razón por la que necesitas el agua-. La siguiente fuente huele a cadáveres de avispa y piensas que es más que probable que funcione y, en efecto, un caño de agua sinuoso encuentra fondo en el cuenco que has tejido con tus manos, unas manos que te llevas a la frente, y a la boca, alternativamente, bebiendo agua que te sabe a sangre y limpiandote la sangre con el agua que escapa de tu boca. Te mojas los pies. Vuelves a mirártelos como si los hubieses olvidado pero sabiendo que, de hecho, no has dejado de pensar en ellos desde que comenzaste a pisar la madrugada después de la pelea, primero en la tienda de calcetines, luego en la primera fuente, más tarde junto al coche en el que viste a Índice y finalmente en aquel cilindro de cemento por el que se derrama el caño que te moja los brazos, la cara y los pies. Volviste a pensar en tus dedos. Intentaste pensar en los dedos del pie como antes habías pensado en los de la mano, y aunque no te fue posible, en un primer momento, establecer la analogía, porque los dedos del pie te parecieron todos pulgares, a fuerza de buscar la identidad de cada uno te diste cuenta de que, al menos, había un dedo que era indudablemente meñique y otro dedo que era indudablemente pulgar, y tres dedos más que, aunque parecían meros escalones entre el uno y el otro, tenían algo de dedo corazón, y de dedo anular, e incluso de dedo índice. Sin duda, existía una analogía entre los dedos del pie y los dedos de la mano, lo que ocurría era que los dedos del pie tenían su propia forma de ser pulgares o meñiques. Los dedos del pie tenían síndrome de Down. Piensas que sacarías a bailar al pulgar de la mano antes que al índice del pie, y eso te hace pensar en Índice, y en la pelea, y en tus pies descalzos, y en la sangre que acabas de limpiarte. Sentado en un banco, intentas secarte los pies con los calcetines que antes había descartado, pero a pesar de la segunda oportunidad que les estás dando, aquellos gusanos textiles parecen ser realmente de plástico, porque en vez de secarte el pie, arrastran las gotas de agua como lo haría un pedazo de hule. Para comprobar si realmente son de plástico, conectas el grifo de la fuente a su extremo y asistes sorprendido al progresivo abultamiento de aquel volumen que pronto se convierte en algo parecido a un boomerang obeso. Sonríes con la boca y piensas que también está sonriendo la brecha de tu cabeza mientras anudas el extremo de la prenda para que no se escape el líquido, repites la operación con el otro calcetín y, sintiéndote, finalmente, armado, caminas hacia el barrio en el que crees más probable encontrarte con Índice.

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