-No te estoy rechazando a ti, eso es algo que tienes que entender. Es cierto que esta tarde no quiero besarte, pero no tiene nada que ver contigo, tiene que ver con tu boca, con tu boca como órgano, ¿entiendes? Imagina que mañana vengo a tu casa con el pie sucio y te pido que me lo lamas, ¿tendría derecho a enfadarme si te niegas a hacerlo? Por supuesto que no…
Marta agitó las manos en el aire.
-No empieces a exagerar la situación con tus comparaciones, una boca no es un pie y, además, yo no tengo la boca sucia.
Señalé a Marta con el dedo, como un tío Sam que dijese I want you for U.S. Army.
-Pero has comido sushi –dije, sin mover la mano un ápice-. Sabes lo mucho que me repugna el pescado, y mucho más el pescado crudo. No puedo ni acercarme a tu boca.
-Me has besado varias veces antes de que te dijese que había estado con Noelia comiendo sushi.
-Y al hacerlo he notado algo raro en tu boca.
-No es cierto. Eso sólo lo piensas ahora que sabes que he estado comiendo sushi. Estoy seguro de que antes, mientras me besabas, no has notado absolutamente nada. Y si ahora que sabes lo que he estado comiendo me besas, dirás que me huele la boca a pescado. Es sugestión.
Hice ademán de rechazar la última palabra, pero finalmente decidí apropiarme de ella.
-Y si es sugestión, ¿qué? Sugestionado o no, pensaré que la boca te huele a sushi. Sea real o no, es una sensación que no vas a quitarme de la cabeza.
A Marta se le escapó una sonrisa. Comenzaba a divertirse con la situación y eso le hizo ser comprensiva y ceder.
-¿Y si me lavo la boca? –preguntó.
Sopesé la propuesta unos segundos. Luego decidí que un lavado de boca no era suficiente, que podían resistir algunos restos de pescado entre las muelas, o trepar el ánima del sushi desde el estómago de Marta hasta mi beso. No, definitivamente, esa tarde no podría besarla, no hasta después de la cena.
-¿Te das cuenta de lo inflexible que eres?
La diversión había desaparecido de sus ojos. Ahora era ella el tío Sam, su dedo el que me señalaba.
-No es culpa mía.
-¿Hay algo que sea culpa tuya? Siempre te las arreglas para eludir tus responsabilidades. Le echas la culpa a tus manías, como si fueran ajenas a ti, algo que dependiera de la mecánica del universo y no de tu voluntad.
-Es que no dependen de mi voluntad, ya lo sabes.
-No besarme no es otra cosa que tu voluntad.
Marta cogió su abrigo y se fue de mi casa dando un portazo. Yo no podía imaginar que jamás volvería a verla. Al día siguiente habíamos quedado para comer. La cita, por supuesto, estaba anulada. Como no me apetecía cocinar, bajé al supermercado a comprar algo de pan para hacerme un bocadillo. No me gustaba el pan de los supermercados, pero algunos de los panes que vendían allí no salían de los hornos del local, sino que eran traídos, cada mañana, desde una panificadora. Ese día no los habían traído aún, a pesar de que pasaban las doce del medio día. También podía suceder que se hubiesen agotado, pero esto era menos probable, porque siempre se agotaban antes las barras de pan horneadas allí, que eran mucho más baratas.
-¿No han traído hoy panes de pueblo? –pregunté. Se me ocurrió llamar panes de pueblo a los panes que traían de la panificadora porque, ciertamente, eran mucho más de pueblo que las barras blandas y anaranjadas que cocían allí.
-No –respondió la cajera-. Esta mañana no ha venido el repartidor.
-¿Y eso?
La cajera se encogió de hombros y me regaló una sonrisa antes de seguir a lo suyo. La cajera tenía los ojos muy azules y era guapa. Retuve en mi memoria sus ojos y también el gesto que había hecho con la boca al encogerse de hombros, como de niña que ignora las cosas de los mayores. Tras salir del supermercado cambié de acera y anduve unos treinta metros hasta la panadería más próxima. El hombre de la panadería, con mucha más cara de circunstancia que la cajera, me dijo lo mismo que ella:
-Esta mañana no ha venido el repartidor.
Al parecer, allí no tenían horno y las barras que vendían provenían de la misma empresa que trabajaba para el supermercado. La panificadora se llamaba Hermanos Huertas. Lo sabía porque ese nombre, unido a un rudimentario logotipo de empresa familiar, estaba impreso en las fundas de papel que llevaban las barras del supermercado. Como Marta seguía sin responder a mis llamadas y necesitaba entretenerme para no pensar demasiado en ella, empecé a caminar hacia la panificadora, que estaba a las afueras del pueblo. En mi camino pasé por varias panaderías que sí horneaban pan, pero ya me había propuesto llegar hasta Hermanos Huertas y no dejé que mi hambre me detuviese. La panificadora estaba en una nave de cemento gris y metal azul. Aunque sus puertas estaban abiertas, no salía de dentro ruido de maquinaria ni había nadie en la recepción. La misma sinrazón que me había hecho andar hasta allí fue la que hizo que caminase hasta el fondo de la nave. Ebrio de objetos, no me hubiese dado cuenta de que en el suelo había un gran agujero, de no haber estado a punto de caer en él. Estaba detrás de un amasador y tenía aproximadamente un metro de diámetro.. Seguía sin haber nadie a la vista, pero un murmullo llegaba desde un rincón de la nave. Fui hasta allí y descubrí a cuatro operarios amordazados. Cuando les solté, dos de ellos llamaron a la policía mientras los otros dos me referían lo sucedido.
-Varios ladrones –comenzó a decir uno.
-No eran ladrones, eran terroristas –corrigió el otro-. Llevaban ametralladoras.
-Bueno, lo que sea. El caso es que anoche, a las tres de la madrugada, cuando llegamos aquí para comenzar a trabajar, vimos a varios hombres cavando un gran agujero. Al verse sorprendidos nos amordazaron.
-Llevamos casi doce horas allí atados.
-Sí, doce horas por lo menos.
La policía estaba de camino, o eso dijeron los encargados de llamarla. Mientras los agentes llegaban a la nave, yo asomé la cabeza por el agujero y, sin querer, caí en él. Grité, pero los operarios estaban fuera esperando a la policía y no me oyeron. Sin ayuda, no podría trepar hasta la boca del agujero, así que decidí adentrarme aún más en él, por si hubiese otra salida. Alumbrando el túnel con mi teléfono móvil, anduve varios metros hasta lo que parecía otra nave industrial. Llegado aquí, fui cauto a la hora de asomar la cabeza, pues era más que probable que al otro lado estuviesen los artífices del túnel, los ladrones o terroristas que, según los operarios recién liberados, les habían amordazado la madrugada anterior. Era tan fácil salir por este extremo del pasaje que, si no quería asomar involuntariamente medio cuerpo, tenía que estar agachado completamente. Desde esta postura oí la siguiente conversación:
-Acaban de liberar a los de la nave de al lado –dijo una voz de acento extranjero-. Al parecer, están esperando a la policía.
-No importa –respondió otra voz, ésta sin acento-. Ya hemos introducido la secuencia. Cojamos nuestras cosas y vayámonos de aquí.
Escuchar la conversación me sirvió para saber que, tras escuchar ruido de pasos, la nave estaría vacía y podría dejarme ver. En efecto, cuando asomé la cabeza por el agujero, lo único que vi fue un vasto pavimento de hormigón al final del cual varios bultos se escurrían por una puerta lateral. Aunque la policía estaba a punto de llegar, yo no tenía nada que temer, había sido el liberador de los operarios y no me costaría trabajo explicar mi presencia en aquella nave pronunciando una única palabra:
-Curiosidad.
-La curiosidad mató al gato.
Eso fue lo que respondió el policía que habló conmigo. Antes de eso, de la llegada policial, yo tuve unos minutos para recorrer, como un gato, la nave que acaban de dejar los intrusos. Aparentemente estaba vacía, pero en un rincón había lo que parecía un cajero automático. Me acerqué a él y, con la esperanza de que fuese táctil, comencé a manosear su pantalla apagada. En ella apareció la bandera de europa junto a las siguientes palabras: Sistema de lanzamiento nuclear. La palabra sistema hizo que mis dedos se alejasen de la pantalla. La palabra lanzamiento me hizo dar un paso hacia atrás. Por último, la palabra nuclear llenó mi cuerpo de un estremecimiento parecido al que uno experimenta cuando recibe una mala noticia de la chica a la que ama.
-Tengo novio.
Eso me dijo aquel cajero automático. Tal fue mi estupor que tardé unos segundos en advertir que debajo del azul europeo había una barra de estado al diecisiete por ciento. A pesar de mi pequeña conmoción, no fue consciente de la magnitud de lo que estaba sucediendo hasta que el telediario del medio día dio la siguiente noticia: Cuatro terroristas pertenecientes a una célula internacional cuyas siglas y motivaciones son, por el momento, desconocidas, han asaltado esta madrugada un centro de inteligencia de la Unión Europea para lanzar varias cabezas nucleares sobre Corea del Norte, la India e Irán. Las autoridades han sido incapaces de detener el lanzamiento, que se ha producido este medio día a las dos y treinta y siete minutos.
En efecto, la policía fue incapaz de detener aquella barra de progreso, que llegó al cien por cien cuando yo todavía estaba explicándole a uno de los agentes mi versión de los hechos. Cuando el proceso informático se completó, todos, incluida la policía y los cuatro operarios liberados, miramos al cielo como esperando ver los misiles volar por encima de nuestras cabezas. Pero los misiles no estaban allí, ni en España, ni siquiera en Francia, sino en un emplazamiento secreto y, al parecer, tan camuflado y anónimo como la nave industrial blindada que albergaba el sistema de lanzamiento. Al parecer, según un documental rodado apresuradamente para la ocasión y emitido esa misma tarde, François Mitterrand había sido el impulsor de este programa nuclear secreto y, aunque fue una iniciativa francesa, la Unión Europea la acogió a mediadios de la última década. Lo de ubicar los puntos de lanzamiento en lugares corrientes y casi sin vigilancia fue una medida muy criticada por los servicios de inteligencia de varios países, pero finalmente se llevó a cabo, tal y como había podido comprobar yo mismo. Nunca se supo el origen de aquellos misteriosos terroristas. Algunos atribuían el atentado a una célula yihadista; otros, a los raelianos. Sea como fuere, las consecuencias de aquel acto no se hicieron esperar: los escudos antimisiles de Corea del Norte, la India e Irán no lograron repeler el ataque y fueron, pues, víctimas de un atentado que, sin embargo, no iba dirigido a ellos sino al resto del mundo. Los terroristas sabían que el contrataque de aquellas potencias nucleares acabaría con el mundo occidental, y aunque entre los dirigentes de la India hubo un conato de comprensión, norcoreanos e iraníes no se dejaron convencer por la diplomacia europea y ordenaron un ataque para esa misma noche.
El sol se puso llenando de agonía y rojos la fachada de mi casa. Apagué la televisión cuando terminó el documental y me pregunté cuántas personas más lo habrían visto. Seguro que muchas, pensé. El mundo se iba a acabar esa misma noche y, sin embargo, la gente seguía pegada a la televisión, buscando datos que ilustrasen su propia desgracia. Decidí no ser uno de ellos y salí a la calle. Al pasar por el supermercado, recordé que desde el desayuno no había comido nada y entré. La sección de panadería estaba vacía de panes de supermercado y llena de panes de pueblo. Al parecer, los trabajadores de la panificadora, tras hablar con la policía, habían tenido tiempo de hacer su reparto. Cogí la barra que me pareció más crujiente y me dirigí a la caja. La chica de los ojos bonitos seguía allí.
-¿Por qué sigues trabajando? –no pude evitar preguntárselo.
-Por la misma razón por la que tú sigues comprando pan.
Tenía algo de razón, pero no estaba dispuesto a dejarme vencer.
-No es un gran plan, lo reconozco –dije-, pero comprar pan tiene ligeramente más que ver con el ocio que venderlo.
La chica hizo una mueca. No sé si me había entendido.
-¿Quieres que hagamos algo?
-Tengo novio.
-Él no está aquí, y en cambio yo sí. Vamos, el mundo va a acabar en unas horas.
Parecía a punto de ceder.
-¿Qué propones?
-Subir a mi terraza y ver cómo se va todo a tomar por el culo.
-En la tele han dicho que nos metamos en sótanos.
-No va a servir de nada.
Pero el gesto que hizo al quitarse el delantal desmintió la reticencia de sus palabras. Iba a venir conmigo. Le dijo a su compañera que se marchaba, dejó el delantal sobre la caja y me cogió de la mano.
-Tengo que pasar por mi casa a coger algo de comer –dijo mientras salíamos.
La puerta de su casa era verde y franquista. Me dio tiempo de aprenderme el letrero de vivienda de protección oficial mientras la esperaba. Cuando salió, llevaba maquillaje y otra ropa. También llevaba una bolsa. Volvió a darme la mano con su mano libre y me di cuenta de que aún no sabía su nombre.
-Mejor así –murmuré.
Mi terraza estaba llena de humedades y gatos. Subí de mi casa dos sillas plegables.
-¿Sabes qué? –pregunté mientras nos sentábamos.
-¿Qué?
-Me gusta que esto termine así. Lo que menos soportaba de morir, era que otra gente siguiera viviendo después de mí. Pero ahora nos vamos a ir todos al carajo, ¿no es maravilloso?
-Eres un cínico.
-Ocinic.
-¿Qué?
-Me gusta darle la vuelta a las palabras que me sorprenden.
-¿Te sorprende ser un cínico?
-Me sorprende que tú conozcas la palabra.
-¿Porque soy una cajera de supermercado?
-Exacto.
-Ahora no sé si estás siendo cínico o realmente eres así de gilipollas.
-Las dos cosas –dije.
Luego añadí:
-Qué suerte la tuya, terminar tus días con un cínico gilipollas.
-Estoy a tiempo de llamar a mi novio.
-No, por favor.
Y le toqué una mano. La mano de la conciliación.
-¿Sabes qué? –pregunté.
-¿Qué?
-Nada.
La cajera se volcó sobre la bolsa que había traído de su casa y sacó un recipiente de plástico.
-¿Quieres? –preguntó, poniéndome el recipiente en la boca.
-¿Qué es?
-Sushi.
Negué con la cabeza y me recosté en la silla. Estaba tranquilo sabiendo que, en unos minutos, varios cientos de megatones borrarían para siempre el mundo y sus ironías.
Esublim
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EliminarRaciasg
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