Las extremidades perdidas

A veces quiero mover extremidades que no tengo, brazos que deberían salirme de las costillas y un sexto dedo en cada pie. Noto sus muñones debajo de una piel aparentemente lisa, noto un esfuerzo subterráneo en la raíz de aquellos miembros, y aunque imagino que de verdad los tengo y que se mueven, eso no me quita la angustia. Lo más que puedo hacer por aliviarme es mover lo que sí tengo: por eso a veces agito con fuerza los brazos, y las piernas y los dedos de los pies, y los adultos me miran y piensan que estoy loco y los niños que quiero volar. Quisiera arrancarme estas ausencias que no sé de dónde vienen. A veces, pienso que me habita un espíritu y que lo que noto es sólo su voluntad de movimiento. Qué tonterías. No creo en los espíritus, o al menos no creo que en mi cuerpo haya un espíritu aparte del mío. Quizá es mi espíritu el que quiere moverse más allá de los límites que le impone mi cuerpo. Tengo un espíritu con cuatro brazos y seis dedos en cada pie. La carne se le queda pequeña, como un guante con cuatro dedos en una mano convencional. Yo tenía un guante de cuatro dedos. Era azul. Para ponérmelo metía el meñique y el anular en el mismo hueco. Quizá en cada uno de mis brazos físicos haya dos brazos espirituales. Pero no puede ser. El alma no es antropomórfica, es informe como la luz o en todo caso tiene forma de nube. El padre Antonio nos decía que en su pilila estaba el alma de Jesús. Pero yo no notaba el sabor a nube cuando me la metía en la boca. Qué tonterías. Cómo va estar una nube metida dentro de un cuerpo. Sólo si el alma fuese un pedo podría ser esto así. Por eso siempre pegaba el culo a los azulejos del baño. Hacer de vientre me parecía el mayor de los sacrilegios. Si el alma era un pedo las heces debían ser de la misma materia que el cielo. Por eso no soportaba que aquella substancia divina saliese de mi cuerpo. Sentía que la gracia de Dios me abandonaba cada vez que entraba al baño. Tardaba mucho en deponer y mi madre pensaba que me estaba masturbando. Aporreaba la puerta con sus dedos amarillos por el tabaco. Yo le robaba cigarrillos a mi madre. Ahora los pido en el autobús o en la calle. Prefiero pedir tabaco que comprarlo, aunque prefiero comprarlo que fumarme las colillas del suelo. A veces también pido dinero. Si con los pedos se me va el espíritu, con el tabaco lo recupero. Y como paso más tiempo fumando que yendo al baño, el alma no me cabe en el cuerpo y a veces siento la urgencia de mover extremidades que no tengo.

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