Mongolia

Y fue que cuando salimos del aeropuerto todo el mundo nos miraba como si le debiéramos algo. En realidad, llevábamos un detonador escondido y quizá fuera esto lo que nos hacía creer que todo el mundo nos miraba. Y eso pasaba, claro, porque nos sentíamos culpables, o porque no lográbamos normalizar del todo aquella situación; no lográbamos sentir plena confianza en lo que íbamos a hacer. Teníamos complejo de jóvenes desocupados, eso era lo que teníamos, sin duda, porque aunque yo dibujaba mi semblante más decidido cuando alguno de nosotros dudaba del plan, y decía que teníamos que seguir adelante pasara lo que pasase, y actuaba, en verdad, como un general segurísimo de las órdenes que da, a pesar de todo eso, digo, yo mismo me sentía temblar las piernas, y sentía también bajo la ropa de mis compañeros la inquietud de sus extremidades, y hasta les notaba el corazón latiendo fuerte, muy fuerte, o quizá eran las reverberaciones de mi propio miocardio, que huían de mi tórax para llegar a mis oídos como si fuesen las de otra persona. Quizá era yo el que más nervioso estaba. Porque ellos tenían un líder, confiaban ciegamente en mí y pensaban que siendo yo el que había trazado el plan nada podía salir mal. La culpa de esa confianza desmesurada la tenían mis gritos, mi forma de gesticular, de llevar el cigarro pendiendo del labio y de saber aseverar con sólo una mirada que todo iba bien, que todo estaba en orden. Porque yo pienso que uno nace con esa capacidad de liderazgo, que es algo innato que está antes y por encima de la preparación real que uno tenga. Porque yo no era un gran estratega, ni fui nunca el más listo de mi grupo. Al contrario, siempre pequé de ser algo lento, de no cogerlas al vuelo, vaya, y es por eso seguramente que ya en el colegio repetí curso. Yo era de esos niños que siempre iban vestidos con ropa de mercadillo, que siempre tenían la nariz rodeada de mocos, el pelo apelotonado por la colonia y el sudor de días y la mirada ausente, siempre perdida en el mapa político de la pared o en los pájaros que andaban a saltitos por la repisa de la ventana. Y a las lecciones atendía poco, la verdad, y era por eso que de cuando en cuando me llovía alguna hostia o algún grito. Don Francisco, que era un hijo de puta. A veces no entiendo por qué ciertas personas se dedican a la enseñanza si odian a los niños. Yo eso lo notaba, ya de pequeño: notaba que había profesores que no soportaban a sus alumnos. Y no era una cuestión de tener más o menos paciencia, qué va. Porque ya entraban a clase de mala hostia y a la mínima te soltaban un grito o un varazo, y aunque nosotros ya pertenecíamos a esa generación que podía quejarse a sus padres de los malos tratos sabiendo que éstos se pondrían de nuestra parte y no de la de los maestros, mi padre no había asumido todavía aquel cambio generacional y le regalaba botellas de whisky a don Francisco a condición de que me espabilase. Y cuanto más cruel se era conmigo más me encerraba yo en mi propio mundo, hasta el punto de que, en segundo de primaria, conté un mes entero sin dirigirle la palabra a nadie. Mirando al mapa político o a los pajaritos. Siempre me hicieron gracia los pajaritos, y los nombres de ciertos países. Sobre todo de Mongolia. ¿Cómo podía existir un país llamado Mongolia? Y mientras todos atendían a la lección, o no atendían, pero al menos se relacionaban entre ellos, yo allí, con mi mesa en aquel rinconcito, acertándole al calefactor con pedazos de goma que cortaba pacientemente con mis uñas. Luego la goma se fundía y un olor a plástico quemado invadía el aula. ¿Quién ha sido? Y como nadie contestase era un servidor el que se llevaba la hostia, porque don Francisco debió servir en otra época a la policía científica e intuía la trayectoria que había seguido el pedazo de goma como aquellos investigadores intuyen la de la bala. Y en verdad fueron aquellos mis primeros proyectiles lanzados al mundo, a un mundo que ya desde la tierna edad de siete años empezó a expulsarme de su placenta para que asistiese a mi propio alumbramiento hacia la vida que está al otro lado de la vida.
A mí de verdad me hacían feliz mis camisetas de Spiderman o del Real Madrid. Que estuviesen compradas en el mercadillo y se llenasen de bolas a los dos lavados eran circunstancias que no me quitaban el sueño.
Yo era un poco como Daniel el travieso, pero en vez de un tirachinas en el bolsillo trasero del mono vaquero llevaba un pañuelo arrugado y lleno de mocos en el bolsillo lateral de mi pantalón de punto azul marino. El escaso poder armamentístico de aquel pañuelo frente al susodicho tirachinas fue una cuestión que no me planteé hasta los doce años. Hasta entonces, aquel pañuelo de tela cuyas dimensiones exprimía, buscando siempre el último rincón libre para limpiarme la nariz, era un objeto que reforzaba mi autoconfianza. Y si se me pregunta por esta cuestión, de verdad que no sé responder.
A los diez años se produjo un cambio en mi vida. Perdí la fe en el pañuelo de tela, pero a cambio gané un accidente corporal cuyo descubrimiento hizo que me sintiera eufórico. Sí, allí estaba: a la izquierda de mi pene, un pelo negro asomaba como una lombriz. Ésa fue mi entrada en el mundo de los adultos. Porque yo pienso que ante la imposibilidad de saber cuándo uno ha terminado de madurar, e incluso ante la duda de si se madura realmente alguna vez, la cuestión de la adultez es meramente formal, y a mí ese pelo me ratificaba como hombre, porque nadie en toda la clase tenía uno igual. Creo que fue en ese momento cuando la gente empezó a respetarme y a hacerme caso, aunque entonces no disponía de vocabulario para llamar a aquello liderazgo. Uno siente una extraña complicidad con el diccionario cuando descubre palabras cuya definición encaja con sensaciones que lleva años experimentando, y se pregunta cómo habrá llegado a objetivarse de aquella manera una experiencia tan privada.
Hasta los diez años tuve tres amigos imaginarios: Otto –entonces no sabía cómo se escribía-, Record, nombre inspirado en un botón del mando a distancia que no sabía para qué servía, y Conan, que más que amigo era mi alter ego, un personaje que debía encarnar para poder comunicarme con los otros dos. Sólo aparecían en el aseo, y el plano de nuestras aventuras era la tapadera de plástico del cachumbo de la ropa sucia. Es por eso que pasaba mucho tiempo en el servicio, y creo que fue durante esos ratos cuando se fue gestando en mí esta extraña fijación que tengo con la mierda. Yo no lo había notado, pero me lo han dicho más de una vez, que me gusta mucho la mierda y tal, que siempre estoy hablando de mierda, y cuando lo pienso veo que tienen algo de razón. Utilizo mucho la mierda para extremar ejemplos y ganar así discusiones. Por ejemplo, cuando alguien se muestra intolerante con mi intolerancia con el pescado, yo le digo que para mí comer pescado es como para él comer mierda. Para que se haga una idea y deje ya de molestarme con la misma cantaleta de siempre. Que si no lo he probado como sé que no me gusta. Pero subnormal, ¿te gusta a ti la mierda? ¿Cómo que no? Si no la has probado, cómo vas a saber si te gusta o no.
Habíamos tenido que pasar la noche en el aeropuerto antes de coger el avión. Nunca entendí por qué, en previsión de circunstancias como ésta, los asientos no son más cómodos. Dentro de lo que cuesta construir un aeropuerto, ¿cuánto más habría que pagar para instalar unos asientos que, al menos, estuviesen acolchados? Cosas como ésta me han llevado adonde estoy. Nunca pensé en cambiar el mundo. La arquitectura de los grandes problemas me parece insondable, por eso reservo mi capacidad de indignación para esas pequeñas putadas que salpican nuestra vida y que tanto más me joden cuanto más tengo por seguro que podría dárseles sencilla solución. Como lo de poner asientos más cómodos en todos los aeropuertos, por ejemplo, y otras cosas más que seguro que conocéis y que no quiero citar porque me entra una mala hostia que me cago en Dios rompo el teclado del ordenador aquí mismo.
Creo que me hice terrorista cuando me di cuenta de que la ira puede canalizarse hacia formas racionales o al menos planificadas de destrucción. Antes me mordía el puño, y claro, acababa sangrando, o reventaba la cama a patadas y al final me veía a mí mismo como un perfecto gilipollas alisando otra vez el edredón. Pero luego aprendes a morderte la lengua y a guardar el veneno en un frasquito que arrojas a la cara del mundo cuando mejor te conviene. Y eso era lo que pretendía al salir del aeropuerto, lanzar mis bombas a la capital de Europa como antes había lanzado los pedacitos de goma al calefactor. Y que el olor a plástico quemado los inundase, y se taparan la nariz con los dedos y descubrieran que sus manos podridas huelen aún peor. Como los dedos de don Francisco en mi cara. Cinco dedos estampados en mi mejilla como mosquitos en el parabrisas de un camión. Creo que ésos fueron los cinco primeros problemas serios a los que me enfrenté, y al igual que con los asientos del aeropuerto, me indignó la certeza de su fácil solución. En una película, había visto a un tipo cortarle a otro la punta del dedo con una guillotina portátil de la que más tarde supe que era un cortapuros. ¿Has hecho los deberes hoy, o tampoco? Sí don Francisco, sí los he hecho, aquí los tiene. ¿Pero qué demonios? ¡Arggg! Había imaginado un “qué demonios” para esa situación porque era lo que la víctima de la película decía, pero ciertamente me sonaba muy extraña esa frase en los labios del profesor.
Cuando las bombas explotaron colgamos en Internet un vídeo atribuyéndonos la autoría del atentado y exponiendo los puntos de nuestras reivindicaciones. Nosotros no queríamos cambiar el mundo, ni siquiera queríamos cambiarnos a nosotros mismos. Sólo deseábamos que las cosas que podían funcionar bien, funcionasen bien. No nos interesaba la macroestructura del capitalismo, si es que el capitalismo tiene macroestructura. Nuestro objeto eran las cagadas de paloma, metafóricas y literales, que habíamos de soportar en nuestra vida. Estábamos hartos de tener que atarnos las cordoneras, de que las tazas de los váteres estuviesen tan frías y de que morir fuese tan fácil. Hubiera podido pensarse de nosotros que éramos un grupo destructivo y autodestructivo, pero nuestra finalidad no era más que la vida, y lo que nos movía no era más que un atroz miedo a la muerte. Siempre odié las clases de biología porque no soportaba ser consciente de mis vísceras, y nunca fui capaz de terminar un telediario. Me negaba a aceptar que uno pudiese morir a causa de absurdos accidentes o absurdas enfermedades. Una vez leí en un periódico que un hombre había muerto porque un pedazo de cornisa se había desplomado sobre su cabeza. ¿Por qué era tan frágil nuestro cráneo? Debería ser un derecho y una obligación cubrir nuestra cabeza con una prótesis metálica. Una prótesis que se colocase entre los huesos del cráneo y el cuero cabelludo. No debía de ser una operación muy complicada, y se salvarían miles de vidas. Y cuando fuéramos niños y nuestra cabeza estuviese en pleno crecimiento, un casco no demasiado apretado y ajustable. Luego, al final del crecimiento, la operación. Financiada, claro está, por la Seguridad Social. Pudiera parecer algo demasiado artificioso, pero, ¿no eran artificiosos los puentes, los barcos, las televisiones, las fábricas, los transplantes de órganos y las máquinas en general?
Salimos del aeropuerto con las bombas en la mochila. En realidad, lo único que llevábamos en la mochila era el detonador, un pequeño circuito que en los rayos X pasó perfectamente por una radio. La metralla la llevábamos dentro de nuestro cuerpo para que no fuera detectada y los explosivos se los compraríamos en Bruselas a un contacto que nos estaría esperando con un pañuelo rojo y un libro grande bajo el brazo, pues ésas eran las señas que nos había dado junto con la dirección del encuentro. Ya he dicho que yo estaba muy excitado, aunque intentaba disimularlo con mi semblante de general, de líder, ese gesto que conquistó mi cara tras el nacimiento de mi primer bello púbico y que no habrá de abandonarme hasta la muerte, pues incluso aquí, en la cárcel, soy respetado y mejor que eso, querido, por mis compañeros de pabellón. Aquí se sabe todo y todos saben lo que hice, y no pasa un día sin que alguien me ponga la mano en el hombro y me diga: “Ay, qué grande eres”. Y eso me llena de gozo. Un gran gozo en el alma, como en esa estúpida canción que nos obligaban a cantar en catequesis, y que yo seguía sólo moviendo la boca, porque nadie iba a advertir mi silencio entre el escándalo de cuarenta criaturas vociferantes. Igual que nadie notaba tampoco que en cierta canción decía “chumino” cuando lo que había que decir era peregrino. Bueno, lo notaba Lavabo, que tenía que dejar de cantar porque no se aguantaba la risa cada vez que yo decía aquella palabra. Lavabo fue mi mejor amigo desde la época en que yo empecé a tener amigos, ya sabéis, cuando me sale aquel pelo y me convierto en un líder. El mote se lo puse yo mismo, porque era un chiquillo muy flaco, con el cuello largo y una cabeza grande y aplastada como un platillo volante. A mí me recordaba a un lavabo. Pobre. Fue mi fiel compañero hasta poco después del atentado. Tenía grandes ideas, ya lo creo. Con algo más de hombros y un poco menos de cabeza hubiese sido un buen general. De hecho fue suya y no mía la idea de atacar la Eurocámara. Yo pensaba atentar en Moncloa, pero él sugirió Bruselas y no me pareció mal. Europa era, al fin y al cabo, el lugar donde más mentiras veíamos los que estábamos al otro lado de la vida. Y yo, como ya he dicho, me encontraba en aquel sitio desde niño, fuera de las cosas. Desde ese lugar vi pasar por mi vida a varias chicas elegidas bajo el posibilismo que manejamos los que nos movemos entre el todo y la nada, entre el amor ideal y la paja. Y a veces ante la frustración de no alcanzar el todo me rendía para descender a la nada y mirando el pañuelo manchado acababa por convencerme de que ésta era más o menos guapa y aquella otra, al menos, tenía buen culo. Es por eso que las parejas de feos me parecen la mentira más obscena de cuantas presencio. Él sabe que es feo y que ella está con él porque también es fea, y que ni él puede aspirar a más ni ella tampoco, y son capaces de creerse, los hijos de puta, que están con quien quieren estar. A Lavabo le indignaban aún más que a mí las parejas de feos. Y como dado su aspecto físico su única posibilidad conyugal era formar parte de una de ellas, se entregaba sin ambages a la prostitución, opción que le parecía mucho más digna y sincera que ir del brazo de una fea por el único y dudoso premio de luego poder tirársela. Tengo que apretar bien los músculos de la cara para no llorar cuando recuerdo a Lavabo. Yo se lo decía: “Como alguna vez te pase algo, me va a costar no llorar al recordarte”. Porque yo era muy sincero con mis amigos de verdad y decía las cosas como las sentía, y tan verdad era aquello que ahora se me humedecen los ojos al acordarme de mi pobre amigo. La última vez que le vi, cuatro policías le estaban disparando por que habían confundido con un arma su vieja maquinilla de afeitar. Qué cosas.
Tenía yo diecinueve años cuando aquella mañana me crucé a don Francisco, a quien no veía desde niño. Suele pasar que cuando ves a un personaje de tu infancia después de mucho tiempo te parece que no ha envejecido, porque ante tus ojos de niño le veían desmesuradamente mayor y esa edad añadida compensa lo que el sujeto haya podido envejecer. Pero con don Francisco no pasó lo mismo. Era un puto viejo. Le vi en aquel mercado, midiendo con sus manos artríticas la madurez de las peras, y me acerqué para confirmar su identidad. Era él, sin duda. Aunque ahora parecía un escroto andante, sus ojos azules eran los mismos que me miraban llenos de rabia antes de la bofetada. Le seguí cuando salió del mercado y empezó a callejear en busca de su casa. Andaba muy despacio y yo tenía que detenerme de vez en cuando para no rebasarlo. Era una lástima que no llevase encima un cortador de puros. Tenía que improvisar algo. Cuando el viejo dobló una esquina, miré en todas direcciones para asegurarme de que la calle estaba vacía y empecé a correr hacia él. Cuando llegué a su altura le pegué una patada en la pierna y salí corriendo. Don Francisco se quedó doblado en el suelo y desde entonces no me lo he vuelto a cruzar, y mejor para él, porque con aquella patada no me consideré en absoluto vengado, y le hubiese dado mil más si mil veces lo hubiera vuelto a ver en el mercado. A Lavabo no le hizo gracia cuando se lo conté. Él no daba problemas en clase y el profesor siempre le había tratado bien. Yo estuve apunto de decirle a mi amigo: “¿es que no te acuerdas de las hostias que me daba?”, pero callé, porque no me gustaba referirme a esos años en los que yo ocupaba un rincón de la clase con mi chándal de mercadillo y mis mocos secos rodeándome la nariz. Lavabo, que era discreto, tampoco sacaba el tema.
Y si me preguntan por qué delaté a mis compañeros, en verdad no sé contestar. Tres días después del atentado bajé del piso franco so pretexto de comprar el periódico y sí, compré el periódico, pero antes fui a una cabina y llamé a la policía. En tal dirección se esconden los responsables del atentado a la Eurocámara. Identifíquese, por favor. No, hombre, no, cómo me voy a identificar. Y colgué. Subí al piso y a los quince minutos llegó la policía. Yo esperaba una avanzadilla de un par de agentes que comprobasen llamando al timbre si los datos dados por aquel informante anónimo eran correctos, pero lo que apareció fue una brigada que tiró la puerta abajo y comenzó a disparar. Me arrepentí mucho de haber hecho aquella llamada, lo juro. Y me sigo arrepintiendo. Si no hubiese bajado a la cabina, aquellos policías no hubiesen acribillado a Lavabo confundiendo con una pistola la maquinilla de afeitar que llevaba en la mano. Aunque a decir verdad, una parte de mí se alegró en aquel momento de que le disparan, porque me jodía verle siempre con aquella maquinilla, y cuando a causa de ella le dieron muerte, me dije: “toma, por gilipollas”. Me jodía que tuviese aquel aparato y que siempre lo llevase encima. Era más fácil afeitarse con cuchillas, o con una maquinilla más moderna. Siempre he odiado a los que anteponen el sentido estético al práctico, y Lavabo era mucho de hacer eso. Yo, que veo la mentira en las cosas, empecé a verla en aquella máquina de afeitar, y luego en Lavabo, y en el resto de personas que componían la célula terrorista, y es quizá por eso que llamé a la policía. Y, como ya he dicho, me arrepiento, porque aquella alegría mezquina por la muerte de mi amigo sólo me duró unos instantes, y ahora sabe Dios que lloro como un cabrón todas las noches en mi celda. Me imagino que está a mi lado, como aquel día después del atentado, que sentados en el sofá mirábamos los dos la televisión. En las noticias estaban repitiendo por enésima vez las imágenes que un videoaficionado había tomado instantes después de las explosiones. Los políticos corrían asustados. Sus trajes y sus caras estaban manchados de mierda. Ésa era nuestra metralla, y no esperábamos matar a nadie con ella, y no lo hicimos, de hecho, aunque el juez nos echase encima la muerte de un niño que había muerto atragantado por nuestras heces. No era culpa de nosotros que pasase por allí del brazo de su madre y hubiese tomado con su mano un pedazo de mierda del traje de un político para metérselo a la boca y atragantarse. Pero en fin, yo en la cárcel no estoy mal, ya he dicho que me respetan, y por la ventana veo a los pájaros dar saltitos, como cuando estaba en el colegio, y aunque no hay un mapa político colgado, la mancha de humedad de la pared tiene la forma de Mongolia.

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