Bache
Fue a meterse la rueda de mi maltrecha bicicleta en el bache más hondo del peor camino de todos los que comunican mi casa con la tuya, sí, ése que tiene matojos en el centro, un hilillo de matojos, un bigote hitleriano de matojos, un bello púbico a lo actriz porno de matojos, y de tanto matojo –a mí me gusta ir pisándolos- no se ven los baches que hay debajo y das con tu faz en el suelo en lo que tarda uno en preguntarse “¿qué he hecho yo para dar con mi faz en el suelo?”, pero a poco de terminada la pregunta retórica tienes la faz llena de arañazos y así, ya sabes que yo soy vanidoso, no estoy para que me veas, porque sé que cuando me hablas me miras mucho a la cara, lo que me pone nervioso, joder, ya lo oyes, para qué miras, pero tú no, tú quieres buscar en cada gesto la connotación que desmienta lo que digo, porque tu confianza en mí siempre está a punto de romperse, como el hilillo de baba de un subnormal, y aunque tú pones buena voluntad, como el simpático voluntario que hace de monitor para un grupo de subnormales en una granja escuela, sé que no soy de fiar y a veces peligroso, como un subnormal manejando una pistola, y te doy motivos, motivos más que suficientes, motivos frecuentes, motivos deficientes, como un subnormal, pero al fin y al cabo motivos, como éste, como el de la bicicleta, y demasiado que vine, porque se me quedó la faz llena de arañazos, casi como de puta, y con todo y con eso vine, sin nada de desinfectante líquido a base de mercurio y bromo, de intenso color rojo, para el tratamiento de heridas superficiales, arriesgándome a que me eches alcohol cuando me veas la cabeza y te lleves las manos a la cabeza, y me extraña que no lo hayas hecho todavía, veo que te preocupas menos por mí de lo que yo me esperaba, pero vaya, eso es lo de menos, lo de más viene a ser que me caí, como ya te he dicho, y por eso he llegado tarde a clase, señorita.
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