Pan

Terminé de arrancarme los pelos de la cabeza para que te vieses recién maquillada en mi calva brillante. Horas atrás habías roto el espejo alardeando de no ser supersticiosa, y ahora necesitabas un eco de ti misma, un eco que sólo podía venir de mi calva brillante, un eco que no podía darte el mate excesivo de las superficies del cuarto. Pero hacía frío y para que una calva brille la piel tiene que estar barnizada, barnizada de sudor, y tuve que acercarme a la bombilla del techo, lo único que daba calor en la habitación. No llegaba a la lámpara de araña ni siquiera poniéndome de puntillas. Tuve que subirme a una silla. Me pediste que me descalzara para no dejar la huella de mis zapatos en la tela roja de las sillas de tu madre. Pero dicen que por los pies entra todo lo malo, que por ahí se cogen los resfriados, y no estaba el invierno para andar descalzo por una habitación tan fría. No te hice caso y me subí a la silla con los zapatos puestos. Pero dicen que hay que atarse los cordones, y yo los míos los llevaba sueltos. Cuando estaba arriba calentándome la calva, me pisé la cordonera al dar un pasito a la derecha y caí al suelo golpeándome con el suelo duro, porque el suelo es duro. En el reflejo de la sangre oscura que bañó el suelo pudiste validar tu maquillaje. La sombra de ojos no era perfecta, pero qué más daba, si sólo ibas a comprar el pan.

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