El dilema del presidente

Si yo era un triste fontanero, Señor, ¿por qué ponían en mi mano, de la noche a la mañana, la vida de un desgraciado? Cuando intentaba desentenderme del tema me decían que ahora era el presidente y que tenía responsabilidades, pero al Diablo con ellas, yo no las quería, yo no las pedí, yo sólo le pedí al casero que pusiera un bidé en los servicios de la casa que me tenía arrendada, que habrá quien se baste con el papel, pero yo me quedo a medio si no remato la limpieza con un chorrito de agua y jabón, y listo, que yo no entiendo nada, Señor, si hay lavabos por todas partes para limpiarse una extremidad tan noble como la mano, ¿por qué no hay bidés para hacer lo propio con el punto más sucio de todos cuantos forman nuestro cuerpo? Es para volverse loco, yo se lo dije al casero, con las mejores maneras, lo juro, y al hombre no se le ocurrió otra cosa que llamarme señorito, a mí, que he tenido que hervir arandelas por llenar con algo la olla, y sabe Dios el temple que yo tengo, pero cuando me dijo aquello monté en cólera y desprovisto de razón no se me ocurrió otra cosa que subirme a la farola de la calle, y el casero me tomó por loco y se fue amenazando con dejarme sin casa como a principio de mes no le pagara lo suyo, y todo el que miraba para arriba me preguntaba que por qué estaba allí subido, y yo decía que no había derecho a que a uno lo hicieran sentirse sucio por tres cochinas monedas que costaba un bidé, y aunque tomándome por loco a lo primero, como quiera que no desistiese de aquella empresa que ni yo sabía muy bien adónde me llevaba, fueron varios los vecinos que se me unieron, compartiendo mi demanda o aportando la suya propia, y así pasaron los días y ni la lluvia ni el hambre nos vencieron, y cuando en cada farola del país hubo tanta gente encaramada que las luces se cubrieron por sus cuerpos y la ciudad recuperó la noche, los arrendadores al fin tuvieron miedo y dejaron sus casas y sus fábricas, y entonces y sólo entonces, bajamos a recuperar lo que era nuestro, y sabe Dios que yo no quería más que mi bidé, pero me subieron a hombros y desde aquella farola, raquítica como yo, me llevaron al Palacio Presidencial con todos los honores de un jefe de Estado, y sin que yo tuviese en ello demasiada voz y voto me invistieron o envistieron, que nunca he sabido cómo se dice, con los honores del cargo más alto de la Nación, y como el Excelentísimo Presidente cené aquella noche como nunca había cenado en la vida y dormí en una cámara que no le había supuesto ni a los reyes de los cuentos, pero ay Señor, no todo iban a ser cosas buenas, al poco empecé a sentir que los galones me excedían por completo, y hasta llegué a pensar, lo juro, escaparme una noche y volver a vivir como humilde fontanero en algún pueblecillo donde nadie me conociera, así hubiese evitado tener que decidir si moría o vivía aquel infeliz al que no se le ocurrió otra cosa que meter a remojo el culo en el bidé que poco después de mi nombramiento se instaló en la puerta del Palacio Presidencial en conmemoración de los hechos acaecidos tras mi ascensión a la farola, y claro, mis consejeros, los mismos que después me llevaron a la cárcel y a los que normalmente me entregaba sin ambages porque sabían más que yo, me decían que era menester fusilar al desgraciado para no dar síntomas de debilidad en un momento tan crucial como era aquél, y a mí de verdad que todo aquello me parecía excesivo, si ese hombre lo único que había hecho era darle al sanitario su función, ¿cómo iba yo a matarle? Pero no podía indultarlo, así por las buenas, no se me entendería, y por eso necesitaba una razón, ¿pero cuál? Me la dieron al poco los familiares del condenado al decirme que el chiquillo era bastante corto de entendederas, que era feliz, vamos, que en el momento de poner su culo en aquel bidé no sabía lo que estaba haciendo, y a mí aquello me convenció, pero no así a mis consejeros, que seguían pidiendo fervientemente su cabeza porque decían que el acusado era un joven corriente y moliente, sin taras físicas ni mentales, y así el debate pasó a ser si el condenado era o no disminuido psíquico, y como nadie podía confirmar ni lo uno y no lo otro, yo pensé en comparar el calibre del cuello de él con el de otra persona, porque mi padre siempre me decía que a los infelices se les conoce por lo ancho que tienen el pescuezo, y así, con mi vieja llave de grifa, medí el cuello de un joven sano elegido al azar entre los miles de asistentes al juicio y conservando la apertura de la herramienta la puse tras la nuca del condenado, y gracias a Dios que no puede encajársela sin ensanchar el calibre.

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